jueves, 12 de abril de 2007

Las rosquillas y la parroquia de San Carlos Borromeo: el pecado del orgullo




Artículo de Josep Miró i Ardèvol, enviado por nuestro amigo Cristóbal.


Muchas gracias, Cristóbal.


Los tres curas de la Iglesia de San Carlos Borromeo de Madrid, cerrada por el arzobispado, han conseguido la lógica notoriedad mediática que este país proporciona a todo aquello que sea contestación y crítica a la Iglesia.

Acuden en tropel, precisamente, muchas personas, más o menos conocidas, que nunca han puesto los pies en una iglesia o incluso, más allá de ello, que siempre han sido muy críticas con la religión. Pero ahora sí, ahora se hacen presentes incluso participan en la comunión, algo que en su vida han hecho.

Como decía una mujer entrevistada por la televisión: “yo no creo en nada, pero vengo aquí a protestar”.

Pero ¿a protestar de qué? ¿De que se impida a los sacerdotes Enrique Castro, José Díaz y Javier Baeza a que continúen con sus tareas sociales hacia gente marginal, marginada, o desfavorecida por la sociedad? Claro que no, al contrario, el arzobispado desea convertir la parroquia en un centro de Cáritas, y en definitiva, dotarlo de más medios que los que ahora mueven estos curas por su cuenta.

Lo que sí está en cuestión es su función estrictamente religiosa, eclesial, y por razones obvias: la Iglesia no es una gran ONG. Esto lo sabe, no un cura, sino cualquier laico.

La Iglesia es la institución instituida por Jesucristo en la tierra, y un cura está comprometido en este servicio. Es Una y Santa a pesar de las flaquezas de muchos de sus miembros pero contrapesada por el testimonio de sus santos y mártires.

La Iglesia no puede ser apropiada por unos pocos, ni tan siquiera por las modas de una época.

La Iglesia es el lugar privilegiado en el espacio y el tiempo que permite la apertura al Misterio de Dios; y este Misterio tiene como expresión fundamental la Liturgia. A lo largo de la historia muchos hombres y mujeres han sido asesinados por defender el valor de esta Liturgia; el valor de la Hostia consagrada, Jesucristo hecho persona, el valor del sagrario.

Liturgia es el ejercicio de la Palabra -que incluye también el Antiguo Testamento-, que constituye el aviso de la venida del Señor. Prescindir de todo esto, trivializarlo, es romper los fundamentos de la Iglesia. Abandonar la catequesis, o peor, hacer otra distinta al gusto del cura del lugar es romper los fundamentos de la Iglesia.

Sustituir el Antiguo Testamento por el Corán es romper los fundamentos de la Iglesia, y además, en el plano humano, simplemente una estupidez. Estos sacerdotes que ahora practican este tipo de actividades donde el Misterio de Dios es instrumentalizado al servicio de la ideología son los mismos que hace años instrumentalizaban al mismo Jesucristo al servicio de otra ideología que de tan malsana se autoextinguió: el marxismo.

Son unas personas que, sin duda, tienen buen corazón, pero que ejercen mal porque han perdido el sentido de las cosas. Lo perdieron hace años cuando se les hundió aquel paradigma extraño que unía a Cristo y Marx, y ellos en lugar de retroceder y refugiarse en la meditación humilde de sus errores han reiterado su pecado de orgullo pensando que la razón es solo suya y que los demás, la Iglesia universal, anda equivocada.
A unas personas sensatas, que postulan una determinada creencia, la que sea, debería siempre llamarles la atención cuando acometen una actitud que resulta frenéticamente aplaudida por todos aquellos que siempre se manifiestan en contra de aquella creencia. Al menos esto debería ser motivo de reflexión. No es así.

En los ambientes eclesiales, clericales, donde está vetada la tentación del dinero y del sexo, la debilidad humana tiende a manifestarse por una tercera vía, precisamente la que condenó a los Ángeles en el principio de los tiempos: la del orgullo.

Los sacerdotes que se sitúan en lugar de la Iglesia Universal hasta el extremo de destruir el Misterio y hablar como hace Enrique de Castro de que no tiene sagrario porque no es muy dado “a lo mágico”, está actuando de una manera que es incompatible, no ya con el ejercicio de su sacramento, del Orden, sino con el simple hecho cristiano. Confundir el Misterio de Dios con la magia y decirlo es otra estupidez.

En realidad lo que hacen estos curas, en el terreno social, lo hacen también muchísimos más curas religiosos y religiosas, miles de laicos, en diversos lugares de España, en la propia Diócesis de Madrid, sin necesidad para ello de cargarse la Liturgia y la formación religiosa, la catequesis.

Una cosa no guarda relación con la otra, pero a esas miles de parroquias, centros religiosos y entidades católicas que atienden hasta la extenuación a drogadictos, inmigrantes, prostitutas, gente sin techo, mujeres desesperadas, niños sin casa, y tantas otras enfermedades de una sociedad sin compasión, los medios de comunicación nunca les dedicarán una línea, porque ellos para comulgar no dan rosquillas.

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