Mis leales consejeros:
He visto con gran atención los distintos informes que se han
concretado en la ponencia que me acabáis de leer y he oído con verdadera
emoción.
Comprendo perfectamente vuestras ansias. Son ya dieciséis años
casi, desde que me nombró Regente nuestro llorado Rey Don Alfonso Carlos
(q.s.g.h.) y desde que juré ante su cadáver cumplir esta tan gloriosa y difícil
misión de mantener enhiesta la Bandera Carlista, nobilísima.

Os profeso el mayor agradecimiento y guardo en mi alma la
admiración a vuestra acrisolada lealtad.
Hoy, aquí reunidos en la capital del principado, en este
magnífico Congreso Eucarístico, unidos en Comunión con Nuestro Señor
Sacramentado, quiero hablaros con todo el sentido de mi responsabilidad.
La autoridad soberana requiere para su ejercicio, cuanto más
para su instauración, la concurrencia de la sociedad y la colaboración de sus
hombres representativos.
Huérfanos los pueblos de legítima autoridad, acaban por ignorar
su propio bien, cuando no lo rechazan a la manera de aquel que pedía cayera
sobre sus cabezas la sangre del Justo.
La Comunión Tradicionalista, la genuina representación ideal de
España, por lo mismo que cifra la salvación de nuestra sociedad en la
restauración de la dinastía titular de la Monarquía legítima, tiene el claro
concepto de lo que significa la proclamación del Rey; Rey de derecho. Rey de
derecho no es la frívola significación de lo que el vulgo llama Pretendiente.
Rey de derecho es una bandera de justicia, un programa de reivindicación, un
paladín de causa noble, una promesa de salvación. Pero además es un ejemplo y
una vida de hondos sacrificios, totales renunciadores, línea y camino, de padres
a hijos, de servicios y trabajos.
Mientras, la victoria inicia rutas de superación de todas esas
abnegaciones.
Hasta entonces Yo no paso de ser, pues que así lo pedís y así lo
impone mi deber jurado, más que Rey de los Carlistas, Rey de la representación
ideal de España, Rey de la Monarquía ideal.
Fijaos bien que al aceptar la Realeza de Derecho de España no
hago sino radicar en Mí la suma copiosa de deberes sagrados que a mis mayores
unió a esta noble nación.
Las revoluciones han borrado de las conciencias el concepto de
la realeza legítima y de las obligaciones del pueblo. Sin oportunas
circunstancias y preparación adecuada, una proclamación de derechos al trono
puede ser inoperante cuando no contraproducente. Esa es vuestra labor. Como
tarea Mía, ultimar trámites que estimo necesarios. Quedan de este modo
diferenciados estos dos momentos: Mi resolución a vuestro ruego de asumir el
Derecho Real vacante y el de su promulgación oficial y juramento con mi hijo,
llamado a heredarme, y que ahora está impedido de concernir.
Para el mismo escribo una carta de la que haga depósito en manos
de Mi Jefe Delegado, que es ya el documento auténtico de Mi acuerdo; suficiente,
él sólo, para asegurar la sucesión legítima de nuestra Monarquía si durante
estos trámites, no obstante que sean breves, Dios Nuestro Señor quisiera cortar
mi vida que a Él, en su Divina Realeza, ofrezco en holocausto por esta Su
Causa.
Con el corazón repleto de emociones que vuestra lealtad me
causa, como Rey vuestro y en camino, tan penoso como sea menester, para serlo de
todos los españoles, os invito a laborar sin desaliento hasta la victoria y la
salvación.
Barcelona, 31 de mayo de 1952
Francisco Javier de Borbón
DISCURSO DE ACEPTACIÓN DE LA CORONA DE LAS ESPAÑAS, POR SMC DON JAVIER I DE BORBÓ.
TOMADO DEL PORTAL "AVANT" DE NUESTROS VALIENTES CARLISTAS VALENCIANOS.
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